
Siempre supe que cuando aparecieron los micros con una puerta en el medio, esto de alguna forma cambiaba para siempre nuestra utilización del espacio en este medio de transporte.
Ya no mas quedar arrinconados al fondo de la micro sin poder ser escuchados, ni adelante quedando a merced de codazos, miradas hostiles o puntapiés mal intencionados , ahora el espacio cobraba forma de escenario bien ecualizado pero con un nuevo valor agregado; el valor agregado de quedar frente a nuestro público, frente a sus ojos, a sus almas y que estos a medida que nuestros instrumentos repartían armonías y nuestras voces las historias, de a poco comenzaban a entregarse a este espectáculo artístico de corta duración, convirtiendo como siempre este medio de transporte en uno de comunicación.
En eso estaba pensando cuando abordo el micro, primero y antes que nada desenfundar su guitarra (costumbre que le había quedado desde los tiempos en que estaba ¡PROHIBIDO CANTAR!), refregar sus manos ateridas de frio de ese invierno del 93, paso siguiente darse a la tarea de templar las cuerdas de su guitarra para volver a afinarla y finalmente comenzar a entonar una canción aprendida en otras latitudes y que versaba: “ a veces cuando pienso que todo está perdido voy hacia alguna de las formas de la muerte, me pego un tiro con una palabra que alguna vez me fue tan transparente” … y que el utópicamente soñaba que aquellos momentáneos auditores lograrían comprender.
Iba bien, el frio acompañaba esa canción como un abrigo, los vidrios empañados hacían resaltar cada estrofa… de pronto y ya superada la duda de la comunicación tomo el aire suficiente para alcanzar los tonos del coro: “voy hacia el fuego como la mariposa y no hay rima que rime con vivir, no te pares, no te mates, solo es una forma más de demorarse.
Lo logro y fue en ese instante que algo llamo tremendamente su atención, al fondo de la micro en la parte izquierda del fondo de esta una muchacha (de edad incalculable debido a que sus ropas no cuadraban con su rostro) llevaba sobre sus rodillas una maqueta que simbolizaba una ciudad, inmediatamente dedujo que debía tratarse de una nueva aspirante a arquitecto, pero lo realmente extraño, lo que no cuadraba, era que esta muchacha comenzara frenéticamente a arrancar de cuajo una parte de aquel trabajo, con una violencia dulce mientras lo hacía levantaba su mirada buscando los ojos del cantor, un ensayo de sonrisa se dibujaba en su rostro y proseguía con su labor de demolición a baja escala , el ya llegando al final de su canción, casi olvido por un instante la letra de aquel poema musicalizado y solo gracias a una orden inconsciente de su cerebro logro terminar su melodía, pero obviamente sumido en aquella imagen sin poder comprender.
El letrero luminoso de un restorán le hizo darse cuenta que estaba llegando al final de su recorrido, quedaban solo unas cuadras para alcanzar la esquina donde su micro se detenía para la combinación con la estación del tren subterráneo. Comenzó inmediatamente a informar a sus oyentes el titulo y autor de ese bello tema pensando como siempre en el fin de educar a través del canto, sabía bien que por la velocidad que había tomado aquel vehículo y que por haber alcanzado a cantar solo un tema la recaudación iba a ser escasa, dando gracias por el respeto comenzó uno a uno a invitarles a la solidaridad de siempre, avanzo de extremo a extremo; primero por delante pues soñaba que en el fondo todos eran mejores personas, cuando llego al final ya todos comenzaban a bajarse le costó llegar a la puerta trasera y al ver su mano solo encontró unas pocas monedas, no le importo pues presentía que algo mágico estaba por suceder, estaba de espaldas a la muchacha de sus dudas, cuando una mano firme pero dulce le conmino a voltear su vista y ahí al encontró a ella, triunfante con un edificio en sus manos diciendo: hermosa tu canción, no tengo dinero pero ¿ sabes? Hoy me recibí de arquitecta gracias a este trabajo, esta es mi mayor alegría y al igual que a ti la vida me ha costado mucho, esta es mi mayor felicidad y quiero compartirla contigo…
El se quedo perplejo, atónito, mudo, con su guitarra en una mano y su edificio en la otra la vio perderse entre los que corrían hacia la estación de metro, no supo su nombre pero desde ese día el la llamo: ESPERANZA.
Bernardino Vásquez González





